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« Previous Page Table of Contents Next Page »Ya se sabía que en Honduras se alistaban tropas que venían en nuestro auxilio: por varios puntos de los suburbios de Granada se libraban ligeras acciones de ar– mas; lo mismo sucedía en los puntos de la línea de van– guardia, otros días funcionaba solo la artillería tanto de una parte como de la otra.
Ayuda hondureña
Nuestro ejército se alistaba con gozo al saber que solo se esperaba la llegada de una tropa o compañías que de Leon debían llegar para dar un asalto a la plaza; en efecto, llegaron dici ,as compañías, y también el parte de haber ingresado a Leon la division hondureña al mando del Ceneral Mariano Alvarez y que se moverían tan luego hubieran descansado.
En esos días de Septiembre, -aunque no era sos· tre-, por ver en mi mano un real, me comprometí a coser salveques, calzoncillos y sábanas para los heridos. El veintiocho de ese mes, nos llego la noticia de que la tropa hondureña llegaba esa tarde a Masaya. Todo lo que veíamos y sabíamos era alegre para todos, y prin– cipalmente para los que con lealtad y firmeza enarbola· mos la bandera de nuestro credo liberal, reduciendo al estrecho recinto de la plaza al gobierno y sus adictos.
Ataque legitimista
Al siguiente día, veintinueve, con los claros reflejos del sol naciente, se vio al enemigo en la entrada de esa calle real desafiando a nuestro ejército. Jefes montados, haciendo relucir sus espadas con los reflej'os del sol: con ellas nos llamaban a combate. Gran esfuerzo era ne– cesario de parte de nuestros jefes para organizar los gru– pos o pelotones, que por sí, se lanzaban sobre ellos. Se dio principio al combate y cada momento se notaba más encarnizado. El enemigo, a pesar de su tenaz resisten– cia, abandono el paraje donde se hizo ver. Como a las once o medio día, los democratas venían de abajo arriba cargándolos con envidiable bizarría, en aquel campo cubierto de grieta, jíédros y zarzales. Sin duda que de la plaza y por el barrio de la Otra Bandita y el de El Hormiguero. les llego refuerzo porque allí hicieron fuego a pie firme. Ei valiente, joven, Coronel Jesús Mayorga, pasando el arroyo con su tropa cerca del Hormiguero, en– tre jícaros, grietas y zarza, les pico la retaguardia. Allí le mataron al brigada José María Herrera de Chinande– ga, y también el caballo que montaba. Llegaron aun– que con poca tropa en su auxilio, los Coroneles Méndez:. Matías Carba¡al y Lucas Blanco, viejano. Allí los legiti– mistas hicieron resistencia admirable a los democratas desde la entrada y a los que por el arroyo les picaron la retaguardia.
Una hazaña del autor
Yo tenía lista mi diminuta compañía con dos para· das cada individuo, aguja y piedra de reserva. Llego montado nuestro jefe querido General J~rez con el Mayor General Trinidad Solazar. Me pregunto si estaba lista mi compañía y me da orden que desfilara. Llegamos a la última trinchera en la bajada del arroyo y me dijo el General Jerez: "Pase a ese barrio, con mucho cuIdado de'
la torre, Va a proteger a Méndez y a los ,otros jefes que con él están". Yo salí y tan pronto pasé el arroyo, procu– ré ir cubriéndonos hasta encontrarme en la entrada, de un caminito con la avanzada nuestra. Me reconocí con el oficial de dicha avanzada, era el Teniente Carmen Bo– nilla, de Chinandega; Llegué al lugar ~onde estaban jefes y tropa, ésta con rodilla en tierra sin hacer fuego. Estaban entre unos zarzales; como a seis pasos veía el cadáver del brigada Herrera, y junto a él, el caballo que montaba Mayorguita. Al presentarme, me dijo Méndez: "A qué vienes, chelito?". -"A protegerl9 de c5rden su– perior", le dije. Hacia a la izquierda un poco oblicua y como a treinta pasos y aunque por la divisa bien se conocían ambos que eran contrarios; sin embargo no se ofendían. Como a cuatro pasos más odelante de los muertos, estaban unos barrancos altos cubiertos de monte; allí no se veía nada. Mendez montaba una mu– la parda, alta y rabona. El me dijo, que saliéramos para saber la causa porque no nos hacían fuego los que estaban a la vista. Salimos, yo al estribo y nos acerca· mos a los dos cadáveres; tanto los que estaban ,oblicuos como los que estaban cubiertos tras los barrancos nos hicieron su descarga, recibiendo Méndez dos heridas, y
su mula también herida de una pierna. Méndez retro– cedio a incorporarse a los nuestros; yo quedo solo y retrocedí también sin recibir golpe; en el acto que estuve entre los míos, ordené al oficial Santeti tomara soldados y por entre la zarza picara la izquierda de los que esta– ban bajo los jícaros. El fuego que nos hacían no era tan vivo. Tuve que aplicar la espada para que se pa– raran y avanzáramos sobre los barrancos. Mi oficial se batía en serio con los de los jícaros, qu~ no eran pócos. En la carga que hice sobre los' de los barrancos, sufrí un golpe en la canilla izquierda, creí que me la habían qve· brado¡ ,este golpe me obligo a sentarm~; igual cosq hicieron mis soldados, mas habiendo observado que no había herida, me paré con el objeto de rodear 10$ ba– rrancos y creí que mis compañeros me seguirían; iba solo, encontrando al jefe enemigo, montado; éste me tomo ~el
pelo y empinémdose en sus estribos descQrgo el golpe de su espada como a derribarme la ~obeza. Yo me estreché, contra su pierna levantando doblado mi brazo izquierdo y recogiendo mi espada se la apliqué al costado. Con el golpe de su espada me hirio el antebrazo, cayendo el resto de ella sobre mi espalda. Mi espada le atraveso creo que el corazon, pues arrojándome una boca rada de sangre, su cuerpo se vino sobre mí; cayendo ambos al suelo: él a mi izquierda. Dos de sus soldados poniendo sus bayonetas casi sobre mi cuerpo, dispararon su aro mas. Los dos proyectiles dieron en el blanco, el uno atravesándome el abdomen y el otro debajo de la barba; mi corazon saltaba y creí que sus golpes por romperme el pecho eran oídos por el enemigo, ya sentía entrar las bayonetas -y digan los falsos creyentes que yo soy fanático- pero creo ciegamente que el escapulario de Mercedas que llevaba conmigo, me favorecio en ese crí– tico lance, pues en esos momentos se oyo el viva de la proteccion de Honduras, al mismo tiempo que hacían su primera descarga sobre los que me hacían agonizar. Entonces abandonaron sus barrancos internándose entre los zarsales. Abrí los ojos y ví a los hondureños, me levanté teñido en sangre, en sangre enemiga; corrí hacia mis· salvo~or~s, sil') sombrero ,y con el pedazo d~ espada
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