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Jefe de insubordinados

Mi vida en ese puesto estuvo más en peligro con mis inmediatos subalternos, como no lo estaba menos con el enemigo. Y d saben mis queridos lectores, que clase de hombres eran: y la nota más sobresaliente en ellos era la insubordinacioh que acompañada del alcohol, se perdían de vista. Por tal razon, los cadáveres de los hondureños y de los nuestros, que habían muerto y mo– rían aun, de la epidemia del vomito prieto, estaban in– sepultos tirados en cu'artos y corredores de aquel recinto, infectaban groseramente el aire que se respiraba. Era necesario morir o hacerse obedecer. De la explanada de Radicati a mi puesto, se caminaba por puertas y boquetes en las habitaciones de intermedio. En el boquete de nuestra pieza de habitadon, coloqué un sargento con un tobo y tres soldados. Nombré, del resto, tres pelotond– tos, el tercero de mayor número con sus armas y los otros sin ellas: teniendo la precaucion de apoyar éstas para no dejar tomarlas. Tomadas mis precauciones dí la orden para abrir zanja, a unos, y a afros para traer los cadá– veres.

A esta orden se opusieron todos; corrieron a tomar sus armas vociferando palabras de insurreccion, y a pe–

sen de nuestra resistencia lograron unos tomarlas, hacien– do aparecer en aquellas habitaciones un alzamiento, disparando sus armas contra nosotros y otros con bayo– neta calada a Jos custodias del boquete. En tres hon– dureños tenía confianza. El Coronel Radicati al oír la

detonacion de los disparos y las VOCes levantadas, corrio con una parte de sus artilleros y pel1etro hasta donde yo estaba y él y su oficial hicieron uso de sus espadas, y su 1ropa formada en actitud de hélcer fuego. Los insurrectos a pesar de su obstinacion, fueron desarmados y corregi– dos después que dieron sepultura a dieciocho cadáveres.

Zapadores en acción

Después del sangriento asalto que se hizo al cuadro el 15 de Junio, salio una comision a la ciudad de Rivas, cuyos jefes eran las señoras Méndez y la otra Mercedes: esta comision regreso en Julio, trayendo gran cantidad de cacao; éste fue distribuido entre jefes, oficiales y tro–

pa; mas como no había con quienes negociar/o, se en– tretenía la tropa jugándolo. En esos días, tendido yo sobre el pavimento viendo pasar de una mano a otra la cantidad de dicho cacao, odvertí barretazos y llamé la atencion de los demás, quienes aplicando el oído al pa– vimento se apercibía con más claridad aunque sin apre– ciar direcciono Inmediatamente mandé un parte escrito a los jefes y dio por resultado el que llegara el General Guerrero, llevando consigo a un tambor con su caja, la que puesta sobre el pavimento puso sobre el parche dos moneditas de plata las que al golpe de Jo barra salta– ban; no quedo duda de que el enemigo trabajaba; mas como ese puesto quedaba en línea con las celdas norte de la Merced, con sola la calle de por medio, nos supu– simos que aseguraba sus puertas y demás lugares que creía débiles.

Al tercero día como a las tres de la tarde, Uha explosion hizo extremecer aquellas habitaciones: habían trabajado una excavacion atravesando la calle, y creye– ron habían llegado con dicha mina al centro de mi

puesto yeso equivocacion estuvo a nuestro favor. les faltaban como dos varas aún para llegar al cimiento. las paredes de la casa se abrieron y en la tierr" quedo parte de ellas. Del techo nos cayo mucha parte de su material y el humo y polvasaJ nos corto la respiracion.

LOS legitimistas, paro quedar dueño de nuestro campa– mento, al dar fuego a los barriles de pOlvora de la exca– vacion, tenían listas las tropas entre aquellos montosos escombros de las casas quema<;las, y, cargaron con deci– sien sobre las paredes y tapias rotas <;le nuestro puesto. ¡Oh, que apuros para los que ,se asfixiaban con el humo y polvo de la referida explosion! Los fu~iles enemigos se veían introducidos por las aberturas de las paredes, nos hacían luz con los fogonazos, los golpes en las puertas, los gruesos proyectiles de su artillería y el consecutivo rugir de sus piezas y fusiles, junto con sus gritos e im– properios, era una cosa espantosa. No se percibían los que morían ni los oyes y quejidos de los heridos. La muerte se multiplico arrebatando vidas a diestra y siniestra. No es mi pluma la que pueda siquiera bos– quejar todo 'lo ocasionado en esa tarde; pero aunque soy incompetente debo dar a conocer que eran soldados entusiastas de su causa los que me acompañaron hasta hacerlos dl:'!saparecer, dejando entre charcas de sangre a muertos y heridos. " No obstante de estar tan rendidos y qe quedar tan reducido el número de mis soldados, el trabojo era necesario. Se dio sepultura a los muertos y se Ilevar"n a los heridos al, Hospital. También se aten– dio la reparacion de nuestrq puesto, casi destruído, apro– vechando la oscuridad y el silencio de la noche. Tam– bién, y cori mucha precaucion se recogieron cinco muertos que eran los que quedaron más cerca, de la pared. Los de más largo, ellos los recogieron, porque no amanecie–

roli.

El día 5 de Julio fue notable, pues desde a las cinco de la mañana el enemigo se presento por la Casa de Polvora con su bravura acostumbrada; todo el día fue de llevar mu~rtos y heridos a nuestro cuartel general, reco– noCiendo entre éstos a amigos muy queridos.

Nuestra línea de vanguardia, sosteniendo a los que de frente nos batían siendo mi puesto y el del Capitán Azmitia los más estrechados; el de éste por estar inme– diato al arroyo y ser el primero hacia el norte, y el mío por estar frente a Jos celdas de la Merced y tener al oriente los escombros de las casas quemadas. Pero en– tro la noche a darnos descanso, quedando la artillería de ambos bandos en su mayor vigor hasta ya muy noche.

Deserciones y bajas

Triste es decirlo, y tú lector quizá dudes lo que he dicho y lo que voy a decir. Si a principio de nuestra llegada a Jalteva y que por el transporte de los haberes, el ejército democrático quedo lastimosamente reducido, pues entre muertos, heridos y los que como comerciantes se habían presentado, nos hi,zo ver que solo jefes del departamento occidental se miraban en nuestro campa– mento y muy contados los individuos de tropa. El día 6 amonecio y el semblante de los que estábamos como comandantes en nuestros respectivos puestos, era el semblante de un cadáver al ver que el que más n~mero

de tropa tenía, no llegaba a seis. Creíamos que es~

día, se daría la orden de levantar el campo. Esta creen~

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