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« Previous Page Table of Contents Next Page »La ldguna exterior tiene algo más de 150 metros de largo Y 50 de ancho¡ estando separada del Lago por una estrecha y baja banda de playa en la cual crecen edtos y majestuosos árboles. La entrada no es más
Que de unos 4 ó 5 metros de ancho, a cada lado de la ¿uol hoy una enorme ceiba de guardia y bajo sus ci– mas unidas se pasa bajo un portal de verdura. Las playas están tan cubiertas de árboles y matorrales, en– trecruzados de bejucos que a primera vista parece imposible avanzar por tierra; además, están defendidas por una ancha faja de hierbas de 2 a 3 metros de alto. El pasaje entre las dos lagunas tiene apenas un ancho de 3 metros. La laguna interior es bastante más grande: más de 400 metros de largo por unos 100
de ancho. El lado norte está dominado por el Cerro Ciclón que se alza paulatinamente, el lado sur por una montaña de arena que se levanta del borde del agua y forma Punta Gorda. La tierra entre estas alturas se hunde en la parte noreste de la laguna hasta formar una garganta de 60 a 80 metros de ancho. Esta gar– ganta es tan baja que se cubre de agua con las mareos más altas del Lago y entonces Punta Gorda se vuelve una isla.
Plantamos nuestro campamento en la playa de la laguna, en la garganta de que he hablado, en un refugio natural formado por un mango centenario, el que además de su sombra, nos brindaba sus exquisitas frutas maduras. El resto de la techumbre del extenso refugio estaba formado por una acacia de ancha arbo– leda y de un inmenso cedro viejo, cuyo tronco, a los 3 metros del suelo medía 10 metros de circunferencia. Este techo de hojas era tan compacto que ningún rayo de sol se deslizaba hasta nosotros.
La cima y los lados de Punta Gorda se encuentran coronados de altos y viejos cedros, el centro de la ar– boleda aireada de la tierra baja está formada de aca– cias y de especies de ficus. Por aquí y por allá se alzaba una elegante palmera de coco, que se creería artificicd; alto sobre la verde arboleda, parecía dispues– ta, con la primera embestida fuerte del viento, a que– brarse bajo el peso de sus grandes y numerosos racimos de frutas.
Arriba del Cerro Ciclón seguí un rebaño de vene– dos sin poder darles alcance, pero en el camino de regreso fuimos seguidos, Nerón y yo, por una pequeña banda de monos cara blanca. Cada vez que nos de– tenfamos nos tiraban una lluvia de ramas y de frutas; a pesar de lo atrevido que se mostraban, tenían, lo mismo que el mono-araña, un enorme respeto por fa escopeta, la que tan sólo necesitaba alzarla para hacer que se desaparecieran como por encanto en la arbo– leda. Su grito era un agudo y corto ladrido, casi como el ladrido de un perro faldero. En sus movimientos son casi tan ágiles como fas monos-arañas, aunque no tan aventureros y son más sosegados y tienen una for– ma de cuerpo más proporcionada. Se come su carne, por lo general, pero no es tan buena como la del Plono– araña.
El mono-congo no es considerado comestible y su carne es más oscura que los arriba mencionados. Cuando regresé al campamento me contó 80strom que había oído, hacía unos momentos, un fuerte ruído como de algo que se arrastraba en los matorrales de la
pOl~te más baja de la garganta de tierra. Corrió hacia all? ~reyendo q\¡le podría ser un venado, pero se quedó atonlto .cuando encontró que era un cocodrilo gigante en camIno de la laguna al Lago. Le dio dos tiros en la cabeza: uno de los cañones de su escopeta estaba cargado ~on bala, el ~!ro con perdigones. El lagarto se regreso y desapareclo a toda velocidad en la laguna. Algunas manchas de sangre sobre las hojas y el pasto nos mostraban que había recibido una buena lección y durante el tiempo que estuvimos acampados en este fugar, no fuimos molestados de nuevo por éstas, poco agradables, visitas de reptiles.
No se podía pensar en un lugar mejor para Jo caza que el que habíarnos escogido. Por un fado la lagu– na, rica en aves zancudas y aves acuáticas de toda especie; del otro lado e,l Lago con su brisa refrescante, sus grandes cocodrilos y sus pájaros tropicales -zopi– lotes, (Tachypetes aquila)- planenado en círculos al– tos, cdlá arriba en el cielo; ante nosotros el bosque de altos cedros de Punta Gorda, lugar preferido de las decorativas garzas, monos y agutíles; y por fin, detrás de nosotros, la sieríO y el volcán cubiertos de bosques con una extraordinaria riqueza de venados, conejos, pavos, y otros pájaros de todas las especies posibles. Nuestro botín era ya muy grande y hubimos pronto de pensar en regresar porque pronto tuvimos el bote en– teramente cargado. Pero primero quise visitar la Isla de Ciste que se encontraba apenas a dos kilón'\etros al este de nuestro .campamento.
PANORAMA ISLEÑO
. Pero para no poner a prueba, una vez más, el valor y la resistencia de José, arrastramos el bote a tra– vés de la parte más baja del istmo, lo cargamos allí y de esta manera evitamos la temida Punta Gorda. De la cumbre de estas qlturas tiene uno una bella vista de la gran isla doble -Ornetepe-· en toda su exten– sión. Al norte, inmediatamente frente al espectador se alza el Ometepe, dominándolo todo con las líneas suaves del Cerro Ciclón, como un peldaño a sus pies; al este se ve a lo lejos el bajo istmo, contra el cual se rompe un oleaje constante, la lejana tierra de Chonta– les y ante ella la plácida y ancha bahía en forma de medio círculo que parece tratar de separar, la una de la otra, las dos mitades de la Isla; y al sur se levanta el volcán Madera, no tan alto ni tan bien formado co– mo su gigante hermano gemelo, pero bastante poderoso y grandioso como para despertar la admiración del observador.
En Ciste nos quedamos sólo un día, porqLje la pe– queña isla no era tan rica en vida animal como me la había imaginado. Naturalmente nos encontramos al desembarcar con una bella bandada de pájaros tropi– cales que parecían considerar la isla como su coto privado; pero fuera de ellos no tenía la isla de Ciste muchas otras especies de pájaros. Parecía como si todos hubiesen sido atraí'dos a la encantadora laguna de Charco Verde, y esto, naturalmente, no debería causarnos extrañeza.
HAZAÑA DE NERON
Aquí tuvo, sin embargo, Nerón la oportunidad de mostrar que comprendía perfectamente bien sus de-
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