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« Previous Page Table of Contents Next Page »solo piso, con paredes de caña blanca o de rJa1rrlOs sin paredes. Solamente alrededor de la plaw misrna y
en su vecinclod inmediato se pueden ver cosos canso truídas al estilo hispanoClmericano, o sea de tablas o de adobes. La iglesia es pequeña y sin torre. La pla– za es grande y cubierta de una rica alfombra de pastQ. Las calles, o más bien, los cominos son anchos, cor– tándose por lo común los unos a los otros en ángulos rectos.
EL GENERAL TABACALERO
Desmonté frente a una de las casas más grandes de la plaza, donde la señora Mercedes Sandoval, para quien llevaba una carta de recomendación de la due– ña de casa en Moyogalpa. Allíl dejé mi caballo y salí a buscar al armador más conocido de la ciudad. Des– pués de varias tentativas desgraciadas supe que el General don Chico Gutiérrez tenía un gran bote ame– ricano que según su descripción parecía convenirme. Busqué al General y lo encontré en su plantío de taba– co, ocupado con toda su familia en recoger y amarrar las hojas de tabaco. A pesar de que aquí en Nica– ragua, lo mismo que en muchas partes de la América Central y de México, la hoja de tabaco -de manera irracional- se seca al sol, en vez de secarla bajo una aireada enramada, tenía el cigarrillo que la hija de la casa me preparó inmediatamente con mano experta un gusto agradable y suave. El tabaco de Nicaragua tendría con toda seguridad, si se le tratase racional– mente, un alto rango en el mercado internacional. Por ahora es el cultivo del tabaco y su venta un monopo– lio del estado, de manera que el que lo cultiva debe, una vez seco y empacado, entregarlo a los empleados del gobierno a un precio bastante bajo por libra de peso. Pero los comerciantes en tabaco lo compran del Gobierno a un precio aproximadamente de 100 % más caro. A pesar de esto el cultivo del tabaco es lucra– tivo aunque no se hace en gran escala.
Visité el bote; era un bote de río norteamericano, ancho y espacioso, con una gran vela levadiza. Lo arrendé por un mes, pero como necesitaba alguna re– paración, no lo puede obtener inmediatamente, por lo que para mi expedición inmediata hube de contentar– me con lo que la flota de Moyogalpa podía ofrecerme. Como en Moyogalpa, aquí también en Altagracia es el volcán el que atrae toda la atención del forastero y hace desaparecer todos los detalles del vecindario. Pero desde aquí hace una impresión más suave, por– que le hacen falta las faldas cortadas por quebradas, y por el contrario, se encuentra el volcán desde la base hasta la cima cubierto de un bosque ininterrumpido, húmedo y verdegueante. A alguna distancia tiene la verde alfombra una apariencia lisa como de terciope– lo. Pero por lo que toca a posición Altagracia viene después de su rival, pues se encuentra separada del Lago por un alzamiento de la tierra como una muralla. No se puede ver el Lago desde aqur, como no sea pro– bablemente del techo mismo de la Iglesia.
EL VALIENTE CAPITAN JOSE
A mi regreso a Moyogalpa arrendé el bote más grande que se encontraba en el lugar. Pertenecía a
un vieJo mestizo llamado José, quien sin pretensiones de ninguna c!Clse le
había b(lutizado con el nombre de "S
C 'ln Jos6". Des[)ués de huber cargudo los ¡JI 0–
visiones y el equipaje, navegamos a vela hacia el sur, más allá de la Punta de San Roque, donde como de costumbre encontramos un fuerte oleaje, pero como nuestro valiente capitán no osaba alejarse de la costo para no ser llevado hacia las costas del Istmo de Rivas, debimos trabajar contra la corriente, ayudándonos de los remos. Y qué remos!, más bien parecían paletas de horno para hacer el pan. El bote era grande y pe– sado, de 8 metros de largo por 1 de ancho, por lo tan– to, era un trabajo pesado hacerlo avanzar contra las constantes olas y la fuerte corriente.
Mas adelante hacia el sur pasamos Punta Viva y
después, lino ancha y prolongClda lengua de tierra, el Tigerero, todo esto contra un fuerte oleaje, que los principios náuticos de José nos prohibían evitar, por lo que avanzábamos lentamente. Punta Gorda se dibu– jaba ahora alta y maciza ante nosotros, al otro lado se abre la ancha bahía que divide las partes SLlr y norte de la isla Ometepe. Allí se encontraba nuestro punto de destino: la pequeña isla de Ciste. Entre Punta Gorda y el volcán de Ometepe se alzaba una pequeña montaña redonda, un volcán adicional, no más alto de 200 a 250 metros. Su nombre es cerro Ciclón. Des– pués de un débil esfuerzo para pasar Punta Gorda, echamos ancla en una bella bahía, al lado oeste de la misma, y pasamos una noche bien desagradable en el estrecho bote.
CHARCO VERDE, PARAISO TROPICAL
A la mañana siguiente soplaba un fuerte noroeste. Tratamos de pasar la Punta remando, mas fuimos echados hacia atrás por la dura y constante marejada que aumentaba de fuerza progresivamente. Ante mi proposición que deberíamos pasar la Punta -el bote tenía dos rnástil~s para velas plegadizas de palos de bambú- fue cogido José de un pánico tan evidente como imprevisto, que hube de hacer un acto de valor ante la necesidad y entré en una ensenada, o más bien, una laguna, antes de Punta Gorda, llamada Charco Verde.
Cuando hubimos entrado -la profundidad no era de más de un metro a Jo entrada por el Lago- se cambió mi disgusto por la mala suerte que nos había impedido el doblar Punta Gorda en un profundo senti– miento de gratitud por aquella mala suerte, pues nun– ca podré ver de nuevo un sitio más maravilloso, sólo igualado a mi querida laguna Santa Rosa.
Esta laguna de Charco Verde -o más bien, este por de IClgunas- se compone de dos estanques dividi– dos por una angosta lengua de tierra. Aquella (la de Santa Rosa) era una cúpula de verdura impenetrable a los rayos del so'- con una base de agua donde se podí/a remar en un laberinto de las más variadas raíces de árboles, y adornada de bejucos floridos, esta doble laguna tenía libres y claros espejos de agua, rodeados de pintorescas formaciones en la playa, cubiertas de la más lujuriante y variada vegetación que uno pueda imaginar. Aun en riqueza de pájaros no le cedía ésta a su bella rival y decidí inmediatamente establecer mi campamento aquí por algunos días.
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