Page 107 - RC_1963_10_N37

This is a SEO version of RC_1963_10_N37. Click here to view full version

« Previous Page Table of Contents Next Page »

5e notaba una gran diferencia: sólo cllgunas especies raras de pajaritos, que habíamos aprendido a recono– cer allá abajo, existían aquí. Los parlanchinas urra– cas se encontraban, al contrario, en sus casas en las numerosas quebradas de vegetación abundante, lo mis– mo que las más grandes aves de rapiña. Los galliná– ceos eran más comunes aquí que más abajo, en particular el "pavo" y el "gúas" (Grax globicera) el cual es el representante más grande de todo el grupo en Centro América. Entre los mamíferos eran muy comunes los venados y los conejos (Lepus brasiliensis), lo mismo que el mono cara blanca (Cebus hypolencus). El congo parecía tener sus límites a los 100 metros aba– jo de nosotros y el mono-araña no subPa jamás tan alto. El oso hormiguero se encontraba bien aclimatado aquí arriba y al "zorro-espín" (Synetheres mexicana) no ero raro encontrarlo entre los ásperos bloques de piedra negra de la parte superior de la "mesa" que también tenía el nombre de "el pedregal". Tiramos dos de estos zorros salvajes y comimos la carne¡ aunque no encontramos que fuera particularm¡;nte una golosina. Por el contrario, la que 'era de alto rango, era la de "armadillo" (Tatusia novemcincta). Nerón se apare– ció una mañana con LIno de ellos en el hocico y el que había conseguido coger por su larga cola antes de que pudiera meterse en un hoyo, SLl manera habitual de escapar de sus perseguidores. La cabeza y las patas las había retraído bajo la caparazón que cubre el dorso y los lados¡ y yacía enteramente inmóvil, a manera de las tortugas, cuando Nerón lo dejó caer a mis pies. La carne tenía el mismo gusto que la de un lechón.

Armadillo

Tempr ano de la mañana siguiente comenzamos la ascensión del volcán, día en que el gorro de nubes de la cima era menos espeso que de costumbre. La primera parte del camino nos llevaba a través de la sabana superior cubierta de alto¡ cerrado y fresco za– catal¡ interrumpido¡ aquí y allá¡ por piedras negras y puntudas. Cuando llegamos a los mil metros¡ comen– zó el bosque cerrado¡ que casi sin interrupción, cubre la montaña hasta la cumbre.

De aquí' teníamos una vista maravillosa. El Ist– mo de Rivas yacía claramente y en detalle como un mapa en relieve¡ con la extensa ciudad y una cantidad de pueblos y aldeas. Del otro lado del Istmo se ex– tendía el Pacífico con su tranquila superficie que bri-

lIabcl al sol¡ y al norte el Lago de Nicaragua¡ incluyendó lo tl'iungulor Zapatera y adornado como con plantas marítimas en racimos por las pequeñas islas de Las Isletas y encima de éstas¡ alzaba el volcán Mombacho su ancho dOI'so terminado en un cono irregular de va– rias puntas. Mas lejos al norte¡ el Momotombo¡ le– vantaba su cabeza desnuda azul y roja contra el cielo

y bajo de él yacía como una nube de plata brillante el espejo del Lago de Managua. Era un panorama ma– ravilloso que valía bien la pena de lo que costaba es– calar el Ometepe.

Espesa sobre nuestms cabezas colgaba una nube azul oscura que escondía completamente la cima de la montaña. Nuestro guía¡ IIdefonso¡ nos informó que el día no era indicado para tratar de llegar a la cumbre a través del bosque, pues la espesa nube no se levantaría en todo el dra de la montaña y nos aconsejó que nos regresáramos. Tenía razón¡ pero no le creí entonces¡ por lo que continuamos ascendiendo. A cada paso nos debíamos abrirnos el camino con el ma– chete¡ el suelo estaba húmedo y resbaloso por una abundante capa de musgo y de malezas. Necesita– mos tres horas para poder subir 350 metros más. El barómetro mostraba ahora una altura de 1 ASO

metros¡ teníamos, pues¡ 250 metros por delante, los que no podríamos escalar antes de la caída de la tarde. Como no teníamos mantas u otros medios de protec– ción para poder pasar la noche allá arriba¡ debimos regresarnos sin, haber alcanzado¡ desgraciadamente¡ la cima. Hasta la altura a que llegamos vimos huellas de venados y oímos a los pavos y a los monos cara blaryca. La temperatura era de 19 a 20 grddos Celsius; los indios estaban helados¡ de manera que temblaban de frro. El descenso fue fácil y rápido. Cuando llegamos a la sabana¡ Nerón sorprendió a un conejo y pronto comenzó la caza de lleno. El conejo se metió en un hoyo de donde lo pudimos sacar.

REGRESO A MOYOGALPA - VISITA A ALTAGRACIA

Como el tiempo se ponía cada vez mós Iluvioso¡ decidí deshacer el campamento y volver a Moyogalpa para preparar mi viaje por agua -ya pleneado desde hacía tiempo- hacia las partes más al sLlr de la Isla. En Moyogalpa se encontraban¡ sin embaq:jo, solo botes más o menos grandes¡ pero ninguno suficiente– mente grande para hacer una larga travesía. Decidí¡ entonces¡ hacer una excursión a Altagracia para bus– car allí una embarcación adecuada. Se ensilló de nuevo al impasible "Vapor ll y acompasadamente to– mamos el "gran camino" de Altagracia. En las cer– canías de Moyogolpa el camino era bastante bueno¡ pero pronto se hizo malo para la bestial y a veces tan difícil que tuve que desmontar para halar al caballo por la cuesta de algún arroyyo que cruzaba el sendero. Cuando salí del bosque al comienzo del valle¡ que casi enteramente estaba ocupado por la ciudad y por las posesiones vecinas¡ me salió al paso una son– riente vista: por todas partes jardines llenos de flores y campos cultivados: platanares¡ y coco les se alterna– ban con ondulantes plantaciones de caña de azúcar y tabacales verdeoscuros.

La ciudad es mucho más extensa que su her– mana Moyogalpa. Las casas son todas bajas, de un

~37-

Page 107 - RC_1963_10_N37

This is a SEO version of RC_1963_10_N37. Click here to view full version

« Previous Page Table of Contents Next Page »