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be res de servidor de Lln naturalista. Vino hucitl mí cuando yo estaba sentado sobre una raíz ocupado en escribir, y se detuvo precisamente enfrente de mí con la cabeza levantada. Ví un pequeño ol;>jeto negro en sus fa~ces, lo tomé y encontré que era un pequeño murciélago (Nyctinomus sp.L Pero el perro se mante– nía inmóvil y abría las fauces para que Qpenas pudiese introducir mis dedos entre sus dientes. Saqué en to– tal cinco murciélagos vivos, después, ladrando y con qlegres saltos mostró su regocijo y claramente me invi– tó a que lo siguiera para mostrar el lugar oonde había hecho su captura. A~í' lo hice, y lo seguí hasta un paredón de arena cortCldo a pico. Allí, en un hoyo cerca del suelo, metió Nerón la cabeza y sacó otros tres animales.

HACIA SAN JORGE

Como el viento era propicio para un viaje hasta

San Jorge, el puerto de Rivas, y yo no podía en la isla comprar -cajas para empacar mis colecciones, traté de persuadir a mi Capitán a navegar hasta allá. El pre– sentó toda clase de dificultades y dijo que era tomar un riesgo demasiado grande con la tormenta que rei– naba, (soplaba, como de costumbre, un fuerte viento noroeste). Finalmente conseguí con un poquito de ron y dos brillantes dólares de plata, levantar su espíritu tan alto que prometió tratar de hacerlo a la mañana siguiente.

A la caída del sol dejamos Punta Gorda y nos deslizamos lenta y cuidadosamente lejos de la tierra. Era una de las más bellas noches tropicales, con una brillante luna, tan l\.lminosa que podía, a su luz, escri– bir en mi Diario. Navegamos a vela, más y más lejos en el embrujador claro de luna y llegamos por fin, d

la salida del sol, antes que el viento pudiese ser dema– siado fuerte, a Punta Viva, habiendo cruzado los 12 kilómetros de canal hasta San Jorge.

SAN JORGE, RIVAS, CEIBA (LA ISLA DEL MUERTO)

Desperté a Jos cuatro de la mañana, al ruido de las olas embravecidas y levanté a todos los hombres, a pesar de que tenía pocas esperanzas de que mi ar– diente Capitán tuviera el valor de cabalgar los potros de blancas crin'es que, persjguiéndose los unos a los ortos, se dirigían a la playa, sin puerto, de Rivas. Pero dos dólares tenían más valor de lo que yo creía y des– pués de que hubo tomado una buena dosis de ron contra los '''ligeros'' escalofrros de calentura, (no se atrevía a tener "fuertes" escalofríos porque detestaba tonto la quinina como amaba el ron), levamos ancla y

pusimos el timón, con sólo el foque, hacia la tierra firme.

El alto, estrecho bote se balanceó lo más que pu– do y tomó má~ agua de lo que era necesario, pero no habíq ElScasez de brazos. Después de media hora de viaje, ~altamos, precisamente cuando el sol salía, a toqO velocidad a través del oleaje de la playa. En el mismQ instante que la quilla ,arrastraba contra el fon– do, saltoron los indios al agua, pusieron barras bajo el bote y con la pr6xima ola estábamos en seco.

En la playa, que tenía cloros señales de la vio– lef'lta fuerza' del oleaje, había sólo una casa, un galpón de mercaderías que al pie de un largo muelle construí– do sobre 20 ó 30 "chiqueros" de piedra para el servicio de lo:¡ vapores. El llamado puerto de San Jorge se encontrqbd a algo más de un kilómetro tierra adentro y hacia ahí me dirigí para hacer el viaje a caballo hasta Rivas.

San Jorge es una pequeña, fea, ciudad desparra– mada en una gran superficie. Tiene dos iglesios, de las cuales, una de adobe, muestra los rasgos de algu– nos adornos arquitectónicos en la fachada. En una de sus esquinqs se alza una torre masiva cuadi'ada. Una gran parte de las casas del pueblo son de adobes, pero feas y en mal estodo.

BusqL/é a la persona para quien tenítl cartas de presentación y me inforrnaron que estaba donde el 'tGobernador" de la ciudad, el señor Obregón. Ahí la enqmtré, fuí presentado al Gobernador, un hombre

pequeño y rechoncho, con LIno figura de capitán de barco de pesca, ocupddo en su espaciosa vivienda en vender tragos a sus paisanos de la ciudad. Después de una larga discusión pol'ítica pude arrendar el cabdllo' del propio gobernador; la silla de montar se la arrendé a otro ciudadano y el freno a un tercero. Así, bien equipado, de medios de transporte, dejamos sin lamen– tós algunos y seguido de mi nuevo amigo, el puerto de San Jorge.

El camino a Rivas, atraviesa tierras bien cultiva~

das y para ser en Nicaragua, densamente poblada~.

Como la distancia entre las dos ciudades no es mayor de unos 405 kilómetros, pronto divisé la Iglesia mayor o catedral, con la cual ya había entrado en conoci– miento desde el volcán en Ometepe. Los barrios ex– teriores de la ciudad se componen, como en todas las olras ciudades dé Id República de pequeñas y limpiéis chozas de indios situadas en medio de huertas lIen~s

de flores, los que hacían aquí como en otras partes, una impresión muy agradable. Más lejos, en el cen– tro de la ciudad, se encuentran Casas más grandes, en parte de adobes, en parte de madera. Están a la ori– ifa de las calles, y son a menudo muy grandes, de ma– nera que una sóla casa puede ocupar una o medio manzana.

La gran mayoría de las casás tiene un solo piso, y la razón para ello es el hecho de que Rivas es conoci– da como la Ciudad de la República más expuesta a temblores. La ciudad ha sufrido muchos de ellos, sobre todo en 1844, cuando la grande y aun no termi– nada catedral, fue dañada, lo rnismo que un buen nú– mero de las cosas más importantes del centro. Este poblado se ha llamado antes, y así se le señala aun en numerosos mapas, Nicaragua; pero ya al fin de la colonia su nombre oficial era Rivas. Había sido una floreciente ciudad indrgena y capital del reino de los Niquiranos.· Fue aquí donde el CaciqLle Nica– race> recibió al Conquistador de Nicaragua, Gil Gónzá– lez de Avila, en el año 1522, y 9,000 de sus súbditos se convirtieron al Cristianismo, o mejor dicho, se hi– cieron bautizar.

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