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de vapor, llevando el glorioso nombre de Fulton, pueda par tir del lugar donde hizo su primer experimento, y abril el gran "camino real de las naciones" hacia el Océano Pacífico?

Jueves, 27 de Febrero A las tres de la mañana salimos del patio del licenciado Los habitantes de la población todavía estaban durmiendo. Al layar el día pasamos por un pueblo, donde, frente a la puerta de

lll1a de las casas, un viajero estaba haciendo sus pr e_ parativos para emprender un viaje Nos acercamos a saludarlo, y nos dijo que nos alcanzaría en el camí. no A las ocho llegamos a una casa, donde nos detu_ vimos para desayunarnos La hospitalidad de Cen– ha América está en el campo y en los pueblos; allí jamas supe que faltara El viajero puede parar don· de le plazca, y tiene casa, fuego yagua libre, pagan– do solamente los al tículos que consuma Nosotros tu– vimos leche en abundancia, y el costo fué de seis cen– tavos Antes de reanudar nuestra jornada llegó el viajero a quien habíamos dejado en el último pueblo, y, después que hubo tomado chocolate, partimos todos juntos El era comerciante, en camino para León, equipado al estilo del país, con pistolas, sable, polai_ nas y espuelas; y como por entonces sufría de fríos y calenturas, usaba un pesado poncho de lana, un pa– ñuelo de bolsillo, de algodón rayado, alrededor de la cabeza, y sobre ella dos sombreros de paja, lUlO meti– do entre el otro. Un joven, montado, y armado con una escopeta, conducía una mula de carga, y tr es mo· zos con machetes los seguían a pie

Toda esta lI;~gión a lo largo de la costa del Pacífi– co es llamada la Tierra Caliente. A las dos y media de la tarde, después de una ardiente y POlVOl osa ca– minata, sin nada de agua, llegamos a una hacienda cuyo nombre he olvidado Estaba construida con pa– los y repellada con lodo. El mayordomo era un blan– co, en mala salud, pero muy servicial, que vivía de la venta ocasional de una gallina o unos cuantos huevos a algún viajero y maíz yagua para las mulas Allí no !lbía más de aquellas hermosas COl rientes que ha– bían dado tal encanto a mi viaje por Costa Rica La tierra estaba desecada; el agua era un lujo que costa– ba dinero Había un pozo en la hacienda, y yo pagué dos centavos por cabeza para que bebieran nuestl as mulas. En el rancho había un catre; a las cuatro de la tarde me acosté para reposar un momento, y no des_

p~rté sino hasta las cinco de la mañana del siguiente día En línea con la cabecera de mi cama había una gran troza de madel a cuadrada y ahuecada, con una a"n_ cha tapadera encima, y asegurada con una cerradura coIl' llave, conteniendo el maíz y los objetos valiosos de la familia, y sobre ella estaba durmiendo una mujer, algo pálida, y un~ muchachita Tomé chocolate, y a los pocos minutos e!;taba en la silla Muy pronto llegamos a la vista de las tierras montañosas del Boumbacho (Mombacho), una elevada y obscura cordillera de mon– tañas, detrás de las cuales se hallaba Granada, en don_ de entramos al cabo de media hora Edificada por a· quelios osados aventureros que conquistaron la Amé– lica, todavía ha3ta hoyes un monumento digno de su fama Las c~sas son de piedra, grandes y espaciosas, con balcones de madera torneada en las ventanas, y aleros volados, con ornamentos sobresalientes de ma· dera curiosamente entallada

Me encaminé a la casa de don Federico Derbys_ hire, para quien yo tenía una carta de amigos en Nue_ va York El se había ido a los Estados Unidos; pero su dependiente un joven inglés, me ofreció la casa, me dió una habitación, y a los pocos minutos me ha– bía quitado el vestido de viaje. y estaba en la calle Mi plimera visita fué para MI' Bailey, que vivía cerca al lado opuest(), con una señora inglesa, cuyo esposo había fallecido dos años antes, y quien, además de llevar adelante sus negocios, recibía en su casa a los pocos ingleses o extranjeros que la sue1 te conducía

a aquel lugar. Mi aparición en G1anada plodujo sor_ presa, y fuí felicitado por mi libertad o escape de la priSIón Hasta allí habían llegado las noticias de mi allesto (ignoro de qué modo), y de qué me encontla– ba preso en San Salvador, y como todas las noticias tenían sus sesgos pal tidaristas, se refería como otra de las tropelías del General Morazán La casa de esta señora era una comodidad para el molido viajero Yo podda habel pelmanecido allí un mes; pero, desgra– ciadamente, oí novedades que no me permitieron mu– cho tiempo para descansar Los negros nuban ones que flotaban sobre el hOlÍzonte político habían estalla_ do, y la guerra civil se había vuelto a declarar Las tropas de Nicaragua, de mil cuatrocientos hombres, habían marchado para Honduras, y unidas a las de es– te Estado, habían derrotado, con gran carnicería, a las tropas de Morazán estacionadas en Taguzegalpa (Te– gucigalpa). Estas últimas se componían solamente de cuatrocientos cincuenta hombres, a las órdenes del General Cabanes (Cabañas) y las memorias de las gue– 1'1 as civiles entre los cristianos en ninguna parte pre_ sentan una página más sangrienta. Ni se daba cuar– tel ni se pedía- Después de la batalla, catorce ofi~

ciales fueron fusilados a sangle fría, y ni un solo pri– sionero quedaba vivo como un monumento de miseri_ cordia Cab!lnes, luchando desesperadamente, escapó El Cm onel Galindo, a quien antes me he referido que visitó las ruinas de Copán, conocido tanto en esta na– ción como en Europa por sus investigaciones de las antigüedades de aquel país, y para quien yo tenía una carta de recomendación de MI' FOlSyth, fué asesinado Después del combate, al intentar la huida, con dos dragones y un muchacho asistente, pasó por un pue– blo de indios lo reconocieron, y todos ellos fuelon ase– sinados a machetazos Una vergonzosa riña sm gió entre Quejano (Quijano) y Ferrera, los cabecillas de las tropas de Nicaragua y Honduras, por los miserables despojos; y el primero logró tener a Ferrera en su po– der, y durante veinticuatro horas lo tuvo bajo senten– cia de muerte. Después el asunto quedó a1'l'eglado, y los nicaragüenses regresaron triunfantes a León, con trescientos cincuenta mosquetes, varios equipos de banderas, y como una prueba del modo en que habían efectuado su obl a, sin un solo plisionero ,

En San Salvador había estallado un siniestro mo~

vimiento El General Morazán había renunciado su cargo como Jefe del Estado, reteniendo el mando del ejél cito, y había enviado a su esposa y familia para Chile La crisis estaba en su punto; las trompetas de la guerra sonaban horriblemente, y era del todo im– portante para la p10secución de mis últimos designios y para mi segurid.ad personal, el llegar a Guatemala mientras que todavía el camino estuviera abierto. Yo hubiela proseguido inmediatamente, pero sen_

que podría hacer demasiado esfuerzo y caer enfer– mo en algún lugar peligroso Por la tarde, en compa– ñía de Mr Bailey y Mr Wood, bajé a pasear hasta el lago Al principio de la calle por donde entl amos, construido sobre el lago, estaba un antiguo fuerte, des– mantelado y cubierto de breñas ":1. de árboles, una re_ liquia de los intrépidos españoles que primero ahuyen~

taron a los indios del lago; probablemente la verdade– ra fortaleza que Córdoba edificó, y ya en ruinas her– mosameníe pintoresca Bajo los muros, y entre la sombra del fuerte y los árboles que crecían en las cer_ canías, las indias de Granada estaban lavando, pren– das de vestir de todos colores ondeaban al viento col– ganáo de lo,;; arbustos para secarse; las mujeres va– deaban con sus cántaros, pasando más allá de las rom_ pientes para obtener el agua limpia de arena; los hom–

1)1 es estaban nadando, y los criados conducían a los caballos y mulos a beber, y todo el conjunto fOlmaba un hermoso y animado cuadro No habla allí botes sobre el agua; pero como media docena de piraguas, la mayor de ellas como de cuarenta pies de largo, y de tres pies de calado, estaban echadas en la playa

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