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sea de los proveedores. Es innegable que, bajo este concepto, hay en la clase mercena– ria mucha iI1moralidad, y la inlroducclon de trabajadores inn1igrantes tendría este exce– lente resultado, que crearía al mozo indíge–

na una compeiencia bastal1±e .temible para que se corrigiesen en parte de sus vicios.

Hay una fuente de- decepciones muy co– mun para el inmigranie, la que procede de las falsas ideas que fiene de antemano so– bre el cultivo de los produCÍas coloniales. Ha

visto en su país el alfo precio que tienen, no se ha empeñado mas que en conocer el ren–

dimiento de la planta que los produce, y lue– go se figura que, dedicándose á la produc– cion de uno cualquiera, llegará rápidan1en– te á una brillante fortuna. Sus ilusiones en

este sentido son increíbles: muchos son los

e¡¡u~ se f!guran que no hay mas que coger,

o SI no, a lo mas, sembrar; ¡ay! son esas ilu–

siones como las minas de oro: las hay don–

de quiera; se venden por una naela, y aun se regalan, pero es preciso extraer el n1.eral,

y es un trabajo duro é ingrato; el nms ingra– to de todos para el que no Hene otras máqui– nas qu~ sus manos y una barreta. En las plantaCIOnes, las malas yerbas hacen el en–

¿re~e~imienlo difícil, costoso, perpéiuo; son

InfInItos los pequeños gastos generales con

los cuale.s ,,!-O se ha contado, y sin embargo, los r<;ndlmlentos, !,!obre lodo en 01 caso de lrabaJar en pequepa escala, eslán muy lejos de corresponder a las brillantes esperanzas de antemano. ~onc,:,bidas. Es bueno preca–

yer~e con anflclpaclon contra esas peligrosas

llu~lones ;lue. fomentan el desaliento, y lo

~ne]or serIa. CIertamente venir, no con esta

ldea, en rm concepto funesla, de hacer for– tuna, . s~no con la de encontrar simplemente la Íehcldad. La existencia de un mozo indí–

gena en su rancho es mil veces preferible á

la de los 99/100 de los jornaleros de Europa. Aquí nada de invierno riguroso; nada de esos

miserables zaquizamís,. ahumados oscuros

impregnados de la humedad de la~ nieblas: jamás Se presenta aquí el cuadro desgarra~

dor qu eafrecen esas pobres criaiuras niños

aterido.s, amoratados por e~ frío, casi siempre

hambnen±os, y que nunca pueden ni saben donde jugar. Nunca Se expel intentan esas carestías de viveres, esas huelgas que obli– gan á ocurrir á la caridad pública. Al través de las paredes de cañas del rancho indio el aire ±ibio pasa iodo el año, los muchachos desnudos juegan libres á la luz viviIicador~

del sol, y se bañan todos los días en el ria– chuelo próximo. Coriando algunos árboles y sembrando algunos plátanos, la vida esen–

c~al de toda .la familia está asegurada para

slem~~e, y Sl el padre es un trabajador, si sus hlJos pueden ayudarle, nadie ni nada le

impide formarse una finca valiosa de varias manzanas, y aun caballerías, en las cerca–

nías.

Por cierÍo es la miseria, pero la miseria

risueña y desprovista de cuidados; la mise.

ria con una casa suya, en que la afmósfera no es infectada ni rnedida¡ una casa á qUe

se llega sin iniernlÍnables escaleras, en qUe

nunca hace frío, en que la mujer canta, en

que los lnuchachos sueltan carcajadas per–

peluas; la miseria, pero Gon gallinas, con cerdos, á veces con un caballo ó una vaca.

la miseria con eatne de venado, ó con pesca:

do, que no enestan mas lrabajo que el de pescarlo ó de cazarlo; la miseria, en fin, Con

los mangos, las naranjas é infinidad de otras

fruias que cubren el suelo, y el régimen de pláianos, siempre Él punto de corlarlos. El in_

rrtigran±e hará bien en pensar un poco en

tantas veniajas, y acordarse que el hombre

feliz no es siempre el que Hene mas ambician ni mas riqueza.

r

En fin, es menester que el inmigrante se foriHique de antemano contra la impacien. cia que lo acomeie al principio él causa de una multitud de pequeños inconvenientes físicos que son propios de los países cálidos

If que, durante el primer año, provocan de~

masiado fácilmente sus lamentos. En el ve. rano suda fácilmente, y entonces el viento le parece insoportable; en el invierno el lodo

lo espanfa; las IIgarrapafas", los rnosquifas

Jas hOl-migas, mucho otros parásitas exci±a~

su inl.paciencia, y los alaclanes su ±error

r mientras que la "pica-pica" y las espinas acaban de exasperarlo. Es preciso añadir á todo esto la ausencia de diversiones, la privacion de vino, la falta de hortalizas, y la dificultad general que se encuentra para via· jar, ó para hacerse ayudar ó servir, sobre to– do con prontitud. Empero, bien pronto toda

esa irri±acion se calrna; no son los inseclos ó

los inconvenienles que desaparecen, ni la

gente que se mejora; es él que se acostum~

bra.

El inmigrante debe lraiar á todo mundo con la lnayor suavidad, sobre todo á los in– feriores. Sin embargo, cuidará de evitar la familialidad, que le valdría inmediaiamen– te las mas indiscretas demandas. Cuando los operarios se conducen mal, debe amones– tarlos con firmeza; pero siernpre con dulzura,

con rnucha mas razan sin injurias, y sobre fo~

do sin golpes. No se debe confundir tampo–

co un rnonlenfo de descanso que Se permifi~

rá el jornalero y que justifica el calor, con

una .1:endencia á quedarse consianlemenie sin

hacer nada. En el país no Se comprende el valor del liempo, y aUn se critica la manía

de los extranjeros de andar siempre apresu– rados en sus negocios. Nueslra febril impa–

ciencia del resultado les sorprende, pero

nuestra cólera, ruidosalTlen±e manifes±ada(

les hace huir; es indispensable lambien sa– ber pradicar la circunspeccion: en el país son siempre corieses, aun con un miserable. El extranjero encuentra natural tratar rígida' mente de ladran al que le roba; pero esa nei le produce provecho alguno, y luego que su repu±acion de "bravo" está bien establecida,

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