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« Previous Page Table of Contents Next Page »blarles claro cuando ya lo hubiera hecho con el Presidente de la República. Que ahora los hon– dureños querían venir a mi calle y se oponían los emigrados nicaragüenses.
Inmediatamente le dije a Anselmo: Vamos al Parque, Paulina agregó con su acostumbrada buena voluntad para ayudarme, -está bien hecho, y yo los acompañaré-o
En realidad, la masa era imponente y a medida que la penetrábamos notábamos que de– cían abriéndome paso, es el Ministro de Nicaragua.
Sobre una mesa estaba colocada la tribuna frente a la estatua de Morazán. La ocupaba el doctor Ricardo Alduvín, que defendió la tesis que había yo desarrollado en mi discurso oficial
ante el Presidente de la República. Tan luego terminó su razonado discurso el doctor Alduvín,
me subí a la mesa con audacia, sin permiso alguno y principié mi discurso diciéndoles:
Aquí vengo a cumplir un compromiso con ustedes de hablarles tan luego lo hiciera ante el Presidente de la República.
Mi discurso fue una franca explicación de las dificultades de Nicaragua creadas en tiem–
po del Gral. Zelaya y que nos había tocado resolver a nosotros en un sentido continental bajo la inevitable hegemonía de los Estados Unidos. Que el Gobierno de Nicaragua era sinceramente unionista, y edificando sobre la verdad podríamos llegar indudablemente a reconstruir la patria grande que nos entregó España en buen día del año 1821. Que todo otro concepto sería una
falsa visión de la realidad y mantendríamos el separatismo que casualmente nació de esas mez–
quindades entre los Estados Centroamericanos.
Puse mucho fuego en mis palabras de ese día, y me alentabc;m para ser cada vez más franco y positivista los aplausos y hurra;; que recibía de la gran maso que me escuchaba. Aquí está la parte delicada de escarbar sobre mi memoria, que como es natural puede afectarse por las pequeñeces de la propia vanidad. Cuando bajé de la tribuna fuí aclamado. Inmediata-'
mente subió a ella el doctor Rodolfo Espinazo, quien me elogió exagerando el valor de mi elocuen– cia y proclamándome uno de los productos exhuberantes de Nicaragua.
La multitud me fue a dejar al Hotel entre aclamaciones y hubo de rendirle las gracias
en otro breve pero también caldeado discurso desde mi balcón.
Ese día triunfé a la redonda, me gocé en ello, y hoy que lo diviso en la ancianidad franca– mente no sé cuánto habrá en lo de aquel día de ese temblor de la inteligencia que saborea dema– siado sus propios éxitos, en una palabra, de vanidad.
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Gral. Rafael López Gutiérrez, y su señora esposa la agraciada primera dama de Hon-duras, doña Anita Lagos, dieron un espléndido almuerzo a la Asamblea Constituyente con invitación a todo el cuerpo diplomático. Hubo muchos discursos aún uno de importancia
aunque breve afirmativo en cuanto o lo unión, y en cuanto 01 respeto o lo soberanía de Nicaorgua del joven Ministro americano señor Spencer. Habló en términos dubitativos el doctor Salvador Mendieta; y 01 reclamo entre aplausos de los comensales pronuncié un brindis, procurando ani– mar mis palabras, de una elocuencia razonadora y no fogoso. Cuando terminé lo concurrencia principiando por los esposos López Gutiérrez me hicieron el alto honor de ponerse de pie para aplaudirme el doctor Luis Debayle, el poeta Santiago Argüello y el orador Rodolfo Espinazo me abrazaron como una muestra de satisfacción por mis declaraciones.
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