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Un moderado gorjeo se dejó oir en la enramada más espesa encima de nosotros' y con pasos largos, cuidadosos, se dejó ver un "correo" (Nyctiardea gri– sea), la garza nocturna; avanzaba entre la vegetación, mirando con cautela a su alrededor y escondiéndose al menor ruido tras algún tronco. Sólo en caso de nece– sidad hacía recurso de sus alas, para desaparecer inmediatamente como un halcón nocturno en la más espesa cima de los árboles, desde donde no dejaba de dar a sus camaradas agudos chillidos de alerta. Ga– vilanes, y uno que otro halcón, volaban velozmente so– bre las capás de los árboles, ciertamente' inquietos y molestos por nuestra intrusión en sus ricos cotos de cacería.

Un pequeño y elegante pájaro voló ansiosamente por ahí, siguiéndonos con agudos y nerviosos chillidos a una distancia respetuosa dentro de su propio am– biente, mas cuando pasábamos, él huía sólo para ser reemplazado por otro camarada igualmente incansa– ble.

Aquí y allá, en las cimas de los árboles, se divisa– ba una garza real (Eurypyga majad, posándose siempre en lugar seguro con un vuelo tranquilo y majestuoso, mucho antes de que pudiéramos pensar en hacer una amistad más completa. A veces en las más espesas enramadas, arrullaban las tórtolas, sin perturbarse por las ruidosas urracas, las cuales, a veces conversando, a veces riéndose, a veces silbando como que coquetea– ban mostrándonos sus largas, azules y brillantes colas y altos, blancos y azules copetes.

Carpinteros, golondrinas, alondras, gorriones y zanates tenían aquí sus nidos. Entre ellos parecía como si la tijereta (Milvulus) estuviese apenada de su larga cola partida en dos. Murciélagos de pequeñas alas, volaban de aquí para allá, creyendo que no se les veía porque aun era de dí'a y porque, en fin, sus vuelos no tenían propósito alguno. Pero a mis ojos, el habi– tante más interesante de la laguna era la "Coaca" (Cancroma cochlearia), una garza de ancho pico en forma de bote con una bolsa debajo de la ptlrte infe– rior. Fue aquí donde por primera vez pude ver esta curiosa zancuda; con su ancho, grande, y si puede decirse, finamente labrado pico, es, sin duda alguna, uno de los tipos más bizarros que uno puede encon– trarse, mas de ninguna manera es un ave disforme o desproporcionada como, por ejemplo, el tucán. En los lugares menos hondos de la laguna,. sin ruido, se paseaba la "Coaca", cogiendo con rapidez asombrosa pececillo tras pececillo. No pudimos, sin embargo, observarla mucho tiempo, pues con el mo– vimiento inoportuno de un canalete, desapareció con rápidos, fugitivos pasos entre raíces y bejucos, dejando después oír su estridente reclamo.

Detuvimos el bote en la rarz de un venerable ce– dro, me trepé a las ramas inferiores y me arreglé un conveniente lugar para tirar. Los indios y Nerón en el bote, se escondieron entre los espesos matorrales de la vecindad y desde mi lugar escondido tiré, en menos de dos horas, 18 pájaros grandes en rápida sucesión, casi todas piezas nuevas para mi colección, entre ellas un pequeño y bello ejemplar de "águila pescadora" (Rosthramus hamatus), y por último, un ejemplar de la "Coaca". Ahora que ya tenía trabajo suficiente pa-

ra mí y para 8ostrom para todo el día siguiente, no tiré más pájaros, mas no me cansé de vagar tranquila– mente por este maravilloso paraje acuático, donde con cada mirada tenía uno la posibilidad de hacer intere– santes observaciones.

En este idílico paraílSO debían también encontrar– se los poderes malignos. Estos estaban representados por los cocodrilos y las serpientes. Tiré seis cocodri– los jóvenes, -no habían adultos o se mantenían escondidos- de % a 1 metro y medio de largo, y era un espectáculo de lo más cómico ver a Nerón tirarse al agua y recobrarlos. Medio vivos como estaban, -casi nunca tiraba a matarlos- se retorcían en el hocico de Nerón, abriendo y cerrando sus largas man– díbulas, dotadas de agudos dientes, y pegándole al perro con sus poderosas colas. Nada, sin embargo, lo podía inducir a soltar su ptesa; los llevaba hasta el bote, donde se les amarraba a una cuerda y con una cuchillada en fa nuca terminaban sus vidas.

Del "Coralito" (Elaps corallinus), una víbora, ob– tuve un bello ejemplar adulto de cerca de 70 centíme– tros de largo. Está elegantemente adornado con bandas rojas y negras alrededor del cuerpo. Cuando lo ví entre los matorrales de la playa, estaba precisa– mente en vías de tragarse una rata; sólo la parte posterior del cuerpo de la rata estaba fuera de las fau– ces de la serpiente. Pude, por lo tanto, sin dificultad alguna atravesarle la cabeza contra el suelo con mi puñal para serpientes, un angosto y puntudo estilete, antes y después manchado por la sangre de muchos reptiles. Después de cinco minutos de retorcerse y agitarse con todo el cuerpo, murió el animal sin ha– berse podido librar de su desagradable estaca. Des– pués puede comprobar que aun la rata había sido atravesada por el. puñal y que por lo tanto era comple– tamente imposible para la serpiente el soltar su presa. Tmnbién fue esta una de mis experiencias menos pe– ligrosas con serpientes durante el viaje.

Cuando ya pensába– mos abandonar la lagu– na, oímos en la playa el grito de un "mono con– go" (Mycetes palliatus). Me apresuré a bajar a tierra y tiré al jefe de la pequeña banda, un vie– jo macho, de formas bien desarrolladas. El tropel apenas si se mos– tró atemorizado, sino más bien irritados, y a pesar de que huyeron

Mono-congo con rapidez, cada vez

que guardaba la esco– peta, volvían más cerca gritando sus tristes lamentos que se oían desde lejos. Eran de la misma especie que ya antes había tirado en Costa Rica y en el río San . Juan. Hay otra especie que existe en Centro América pero hasta ahora no se ha encontrado tan al sur como Nicaragua.

En el mismo sitio donde cClYó el mono, encontré una rareza botánica, una "Aristolochia grandiflora", de flores gigantes. Crecía como un bejuco con las

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